Admitámoslo: todos hemos experimentado esa mezcla de fascinación y escalofrío al enviar datos confidenciales de nuestra empresa o proyectos personales a las APIs de los gigantes tecnológicos. «¿Dónde terminará este prompt?», te preguntas mientras miras el cursor parpadear. Hasta hace nada, la alternativa para mantener la privacidad absoluta era montar un búnker digital: comprar una gráfica de mil euros, pelearte con drivers de CUDA defectuosos en Linux y rezar para que tu fuente de alimentación no salga ardiendo al cargar un modelo de lenguaje. Una barrera de entrada elitista que dejaba fuera al desarrollador de a pie y al usuario común.
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