Durante los últimos años, el despliegue de cualquier aplicación basada en Inteligencia Artificial ha seguido un guion tan predecible como costoso. Un usuario escribe un prompt en su pantalla, este viaja por la red devorando milisegundos de latencia, aterriza en un descomunal centro de datos y es procesado por un mastodóntico clúster de GPUs sedientas de energía. Acto seguido, la infraestructura te devuelve la respuesta junto con una bonita factura por los costes de computación en la nube que te obliga a replantearte tu modelo de negocio.
Mantener servidores encendidos procesando inferencias para miles de usuarios simultáneos es un pozo sin fondo financiero y un dolor de cabeza logístico. Además, nos enfrentamos constantemente al eterno dilema de la privacidad: ¿realmente queremos que los datos confidenciales de nuestros clientes viajen por servidores de terceros solo para resumir un PDF o sugerir una línea de código? La dependencia absoluta de las APIs en la nube ha creado un cuello de botella que amenaza con estancar la innovación en proyectos medianos y pequeños.
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