Admitámoslo: durante la última década, la comunidad de desarrollo de software ha vivido sumida en una especie de fiebre colectiva. Si no estabas fragmentando tu aplicación en cincuenta microservicios, desplegando clústeres ingobernables de Kubernetes y gestionando una red de comunicación interna digna de la NASA, parecía que estabas programando en el siglo pasado. Nos vendieron que el monolito estaba muerto, que era un dinosaurio lento y monolítico —valga la redundancia—. Sin embargo, muchos desarrolladores se han topado de bruces con una cruda realidad: cambiar un monolito simple por una arquitectura distribuida mal planificada a menudo solo sirve para transformar un código desordenado en un auténtico caos distribuido, multiplicando los costes de infraestructura y la latencia en la red.
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