Imagina que entras en un centro de datos a las tres de la mañana. No hay nadie, pero los ventiladores rugen y las luces de los switches parpadean frenéticamente. En alguna parte de la red, miles de líneas de código se están ejecutando, moviendo datos, validando transacciones y tomando decisiones. El problema no es que el código sea malo; el problema es que ese código fue generado por una IA, integrado por un humano con prisa y, a día de hoy, nadie en la empresa sabe realmente cómo funciona.
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