Seguro que te ha pasado. Estás tranquilamente en una cena familiar, comentas que trabajas en desarrollo de software y alguien, con una mirada entre condescendiente y apocalíptica, te suelta: «Aprovecha ahora, que con ChatGPT y los agentes autónomos os quedan dos telediarios». Es el mantra del momento. La narrativa pública insiste en que las Inteligencias Artificiales Generativas avanzan tan rápido que escribir código se convertirá en una reliquia del pasado, similar a operar una centralita telefónica manual. Para quienes pasamos el día peleando con punteros, arquitecturas distribuidas y dependencias rotas, esta afirmación no solo resulta molesta, sino que demuestra un profundo desconocimiento de lo que realmente significa programar. El verdadero problema no es que una máquina aprenda a escribir sintaxis; el problema es confundir el acto de teclear líneas de código con el arte de resolver problemas complejos de ingeniería.
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