Imagina que contratas a un becario que escribe 10.000 líneas de código por segundo. Es educado, nunca duerme y no se queja del café recalentado. Sin embargo, hay un pequeño detalle: el 30% de lo que escribe funciona por razones que él mismo no termina de entender, y el otro 70% utiliza patrones que dejaron de ser buena práctica cuando los monitores aún pesaban 20 kilos. Este es, precisamente, el escenario que plantea el reciente estudio de GitKraken sobre el uso de asistentes de IA en entornos de producción.
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