El mundo del desarrollo de software está viviendo una metamorfosis de las gordas. Si estás empezando en esto de las líneas de código o tienes un ojo puesto en el sector, seguro que has notado que el panorama ya no es el de hace cinco años. Tradicionalmente, el camino para convertirse en un desarrollador respetable pasaba por una fase ineludible: picar toneladas de código rutinario, escribir boilerplate, pelearse con la sintaxis de un bucle for y configurar a mano archivos de desvelos interminables. Era el rito de iniciación. La mili del programador.
Sin embargo, hoy en día abres cualquier IDE moderno y, gracias a los modelos de lenguaje orientados a código, esa capa de trabajo rutinario se desvanece con un simple tabulador. La Inteligencia Artificial genera funciones enteras en milisegundos, dejándonos una pregunta incómoda flotando en el aire del sector: si las máquinas absorben el 80% del trabajo mecánico de un perfil júnior, ¿cómo demonios van a aprender las nuevas generaciones a desarrollar ese «olfato» técnico que solo te da la experiencia?
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