¿Te acuerdas de cuando hacer una página web consistía en escribir un archivo HTML, un CSS, algo de jQuery y subirlo todo por FTP? Era una época más simple. Hoy en día, si quieres poner un mísero botón que brille en tu frontend, parece que estás obligado a instalar tres frameworks de JavaScript, configurar un empaquetador que requiere un máster en ingeniería aeroespacial y descargar una carpeta node_modules que pesa más que el agujero negro de la película Interstellar.
Para los que desarrollamos en el ecosistema backend, especialmente con PHP, esta transición ha sido un dolor de cabeza constante. Pasamos más tiempo peleando con las versiones de Webpack o Vite y solucionando vulnerabilidades de paquetes de NPM que no sabíamos ni que existían, que picando la lógica de negocio de nuestra aplicación. La barrera entre el backend y el frontend se ha vuelto un muro de Berlín digital lleno de configuraciones complejas y consumo absurdo de memoria RAM en nuestros servidores de despliegue.
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